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domingo, 26 de julio de 2015

La parada de los monstruos

Tiburón toro (Carcharias taurus) con una severa deformación en la columna. Fuente: Huber et al., JEB.
En 1932 Tod Browning estrenaba su obra maestra Freaks ('Fenómenos', 'Engendros'), traducido aquí como La parada de los monstruos, película que acabó siendo un absoluto fracaso de público y de taquilla, y que prácticamente marcó el final de su carrera como director. Lo que hoy es una obra de culto provocó en su día tal rechazo, repugnancia e indignación, que fue retirada de la gran mayoría de las salas de cine llegando incluso a estar prohibida en países como el Reino Unido.
     Por vez primera, el espectador se encontraba, de improviso y sin anestesia, observando en pantalla grande como un grupo de personas reales, no actores maquillados, con graves deformidades físicas y psíquicas interactuaban entre si con toda la naturalidad del mundo, como si fuesen "personas normales" como ellos mismos, dentro de una trama repleta de escenas cotidianas, arrastrados por pasiones tan "humanas" y tan "normales" como el amor, la risa, el odio y el deseo de muerte y de venganza. Parece que la visión de los monstruos, cuando son demasiado humanos, despierta en nosotros profundos y, a veces, violentos sentimientos de malestar y de rechazo.
     Con los animales nos ocurre algo parecido, si bien la intensidad de estos sentimientos se va reduciendo en función de su lejanía taxonómica y afectiva respecto de este nuestro grupo de mamíferos supuestamente superiores, hasta quedar reducidos a un mero gesto de perplejidad y, tal vez, a una sorda desazón. No es lo mismo observar un cervatillo deforme que una merluza con chepa o un tiburón de dos cabezas. No hay color.

Captura de vídeo de un embrión de tintorera con bicefalia filmado por Manuel Patiño, patrón del Talasa, un pesquero de Ribeira que se encontró el animal durante una campaña en aguas de Perú en 2013. Tomado de la página de AXENA.
El tiburón es un animal de extraordinaria belleza. Observar la delicada perfección de las líneas de una tintorera deslizándose a través del agua sin esfuerzo aparente, como planeando sobre el abismo, supone, para quienes amamos a estos bichos, un verdadero goce estético, si me permitís la cursilada. Pero los tiburones, al igual que el resto de los seres vivos, no están libres de padecer malformaciones, deformidades anatómicas que en algunos casos dan lugar a aberraciones con escasas o nulas perspectivas de viabilidad, con una esperanza de vida de apenas unas horas. El embrión de la fotografía de arriba fue devuelto al mar todavía con vida, aunque su esperanza de vida con toda probabilidad no iba a extenderse más allá de unas escasas horas, siendo optimistas.

Tiburón blanco con importante malformación en la columna.
Los registros de tiburones con malformaciones no son muy abundantes, lo que puede ser síntoma de una incidencia relativamente baja, al menos en su medio natural, o puede también que la propia naturaleza inabarcable del medio dificulte su detección. También está el hecho de que los neonatos con patologías más severas o bien tardan poco tiempo en morir, o son inmediatamente eliminados por sus depredadores.
En cautividad existen datos que abren una perspectiva tal vez diferente. Huber et al. sostienen que aproximadamente el 35% de los tiburones toro (Carcharias taurus) que observaron en acuarios mostraban algún tipo de malformación en la columna, desde vértebras comprimidas y pérdida de espacio intervertebral hasta casos de espondilosis severa. Esto puede ser debido a una lesión previa que se hubiera visto agravada durante su captura y traslado al acuario (situaciones, además, fuertemente estresantes para el animal), o que se hubiese originado en algún momento de todo el proceso; sin olvidarnos de las propias condiciones de habitabilidad del tanque, carencias nutricionales incluidas¹.

Morro severamente truncado de un tiburón hocicudo gris (Rhizoprionodon oligolinx). Fuente: A. B. M. Moore, Journal of Fish Biology, 2015.
Se han descrito ejemplares con diversas malformaciones en la columna vertebral (escoliosis, lordosis, cifosis), en las aletas y en los cartílagos rostrales, que llegan a deformar cuerpos y rostros a veces de manera grotesca o aberrante.
Se dan también casos de tiburones y rayas donde o bien falta una aleta o hay una aleta de más. Se ha reportado la falta de la segunda dorsal en la gata leonada (Nebrius ferrugineus) y de las pélvicas en el jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus).

Jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus) sin aletas pélvicas. Fuente: A. B. M. Moore, Journal of Fish Biology, 2015. Posiblemente el primer caso descrito de ausencia de aletas en una especie de tiburón.
Pero sin duda uno de las malformaciones más sorprendentes es la bicefalia. Este embrión de jaquetón toro (Carcharhinus leucas) se encontró en el interior de una hembra capturada en 2011 en los Cayos de Florida. El ejemplar, de talla claramente inferior a lo habitual en un embrión a término, presentaba dos corazones y dos hígados bien diferenciados. Sus cuatro hermanos eran absolutamente normales². Es el primer caso de bicefalia en esta especie.


La bicefalia es la consecuencia de una anomalía conocida como bifurcación axial que ocurre en los primeros estadios de la embriogénesis. Durante la gastrulación de un óvulo, cuando la parte rostral del tubo neural se bifurca dando lugar a dos cabezas. Algo así como si el proceso de formación de gemelos quedase súbitamente truncado. Este fenómeno se ha documentado en otras especies de tiburón como la mielga (Squalus acanthias), el galludo (Squalus blainville), el cazón (Galeorhinus galeus), el jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus), el tiburón poroso (Carcharhinus porosus) y la tintorera (Prionace glauca). Y recientemente [actualizamos a 22-X-2016] se ha descrito el primer caso en una especie ovípara, concretamente en un embrión de olayo atlántico (Galeus atlanticus) hallado en el Mediterráneo. Presentaba cuatro dorsales, dos tubos neurales, dos aortas dorsales y dos corazones, dos esófagos que daban a dos estómagos, dos hígados pero un solo intestino³.

Radiografía que muestra como la bifurcación se inicia a partir de la cintura pectoral. En las imágenes de la derecha se pueden observar los dos corazones (H), los esófagos (O) y los dos hígados (L) junto con el intestino (I). Fuente: C. M. Wagner et al., Journal of Fish Biology, 2013.
A veces en esto de bicefalias suele incluirse un fenómeno en principio parecido, la diprosopia, en la que no hay dos cabezas, sino una bifurcación parcial de una sola cabeza, una suerte de malformación, para entendernos. Existe al menos un registro de este fenómeno en una tintorera capturada el norte de Chile.
A la izquierda, representación de la tintorera con diprosopia. A la derecha, esquema de una tintorera con bicefalia (fuente: Hevia-Hormazábal et al., Int. J. Morphol., 2011).
Si la bicefalia ya es impresionante, la ciclopía, mucho más rara, lo es todavía más. Se produce cuando, debido a una anomalía en el desarrollo del cerebro anterior, las dos cavidades orbitales se fusionan para alojar un único gran ojo deformado. El ejemplar de las fotografías de abajo es uno de los 9 fetos que portaba una hembra de jaquetón lobo (Carcharhinus obscurus) capturada en los alrededores de la isla de Cerralvo, en el mar de Cortés, también en 2011. En su momento la imagen circuló ampliamente por la Red y se llegó a pensar que era uno más de los muchos bulos que se encuentran por ahí a diario, algún tipo de photoshop. Pues bien, no lo era. 

Fotos: Pisces Fleet Sportfishing.
El pobre animal (era un macho) medía 56 cm, tenía 2,6 cm de diámetro ocular y, como se puede apreciar, era también albino (el primer caso de albinismo descrito en el C. obscurus). El gran ojo ocupaba el centro de un morro totalmente achatado y desprovisto de narinas. Una tomografía reveló que también había desarrollado una única cápsula nasal. Tenía, además, la columna ligeramente deformada. No habría sobrevivido mucho tiempo tras el parto. Era carne de cañón.

Junto a uno de sus hermanos. (Foto: Pisces Fleet Sportfishing.)
Ramón Bonfil describe otro caso realmente peculiar del embrión a término de un tiburón coralino (Carcharhinus perezi) capturado en Yucatán en 1985 que presentaba un morro anormalmente corto, carente de narinas y como enroscado a modo de trompa, y dos ojos situados muy juntos en posición ventral, justo delante de la boca. Ambas órbitas compartían una misma abertura y las membranas nictitantes estaban fusionadas formando un único párpado no funcional. También le faltaba una abertura branquial.

Vistas ventral y lateral del embrión de C. perezi mostrando el tamaño y forma del morro y la posición de los dos ojos. Fuente: Bonfil, Northeast Gulf Science, 1989.
Causas. Hasta ahora no se han podido determinar con precisión las causas de todo este amplio cuadro de malformaciones. La casuística que se baraja es amplia. Pueden ser congénitas o debidas a una enfermedad degenerativa como la artritis; pueden deberse a carencias nutricionales, infecciones parasitarias, y lesiones causadas por mordeduras de depredadores o de congéneres.

Vista ventral y dorsal de la cabeza de un jaquetón lechoso (Rhizoprionodon acutus) con pérdida del extremo anterior izquierdo del morro probablemente debido al ataque de un depredador o un congénere. Fuente: A. B. M. Moore, Journal of Fish Biology, 2015
La endogamia de una población aislada puede dar lugar a deterioros genéticos  que explicarían determinados casos de malformaciones. Esta es una de las hipótesis planteadas en un trabajo sobre una especie de tiburón fluvial (Glyphis sp. C, ahora Glyphis garricki) de Australia Occidental, en el que un porcentaje altísimo de los ejemplares muestreados (nada menos que 3 de 7) presentaban algún tipo de deformación en la columna.

Glypis sp. C de 994 mm de longitud total con la columna fuertemente arqueada y, como se aprecia en la imagen de rayos X, vertebradas fusionadas. Fuente: Thorburn et al., Murdoch University Centre for Fish and Fisheries Research, 2004.
Un factor de primer orden es la exposición a un elevado nivel de contaminación y estrés ambiental durante la gestación y los primeros estadios de desarrollo. En el Golfo de México se ha detectado un creciente número de malformaciones en diversas especies de organismos expuestos a los contaminantes liberados tras la catástrofe del Deepwater Horizon en 2010.
Un reciente trabajo sobre anormalidades morfológicas de tiburones capturados en el golfo Pérsico señala, además de la contaminación generada por la potentísima industria de hidrocarburos, los efectos de las plantas de desalinización que puntean todo el litoral y que arrojan, ¡al día!, nada menos que 20 millones de metros cúbicos de salmuera caliente (con alto contenido en cobre, además) que incrementan la salinidad y temperatura de un mar ya de por si cálido, salino y de pobre circulación.

Macho de C. taurus fotografiado por Michael McFadyen en Fish Rock Cave, Australia.
Monstruosidades. Dejando a un lado la casuística de orden natural, no antropogénica, el último punto nos conduce inexorablemente a una reflexión final, que es siempre la misma, que vuelve una y otra vez a nosotros con la patética insistencia de la imagen de un espejo mellado, en este caso el espejo de la Naturaleza que estamos destrozando. El ser humano lleva un monstruo en su interior, un monstruo que odiamos contemplar y cuya mirada, a su vez, se nos hace insoportable. Somos capaces de realizar obras sublimes, y al mismo tiempo de perpetrar los actos más innobles y monstruosos, hacia los demás pero también hacia nosotros mismos. Esto lo comprendieron los grandes genios de las arte, desde Sade hasta Valle-Inclán, pasando por Stevenson, y desde Goya hasta Buñuel, pasando por la inquietante y genial monstruosidad de Tod Browning que tanto nos cuesta ver.
Si no somos capaces de poner en marcha esa supuesta capacidad de raciocinio de la que como especie tanto nos vanagloriamos (supuestamente es uno de nuestros rasgos distintivos) y no nos enfrentamos de una vez a nosotros mismos, no habrá nada que hacer. El mundo que hemos creado seguirá a paso cierto la senda monstruosa de su propia destrucción.
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¹Daniel R. Huber, Danielle E. Neveu, Charlotte M. Stinson, Paul A. Anderson, Lize K. Berzins (2013). "Mechanical properties of sand tiger shark (Carcharias taurus) vertebrae in relation to spinal deformity". Journal of Experimental Biology, 216, 4256-4263, doi: 10.1242/jeb.08753.
²C. M. Wagner, P. H. Rice, A. P. Pease (2013). "First record of dicephalia in a bull shark Carcharhinus leucas (Chondrichthyes: Carcharhinidae) foetus from the Gulf of Mexico, U.S.A.". Journal of Fish Biology, 82 (4), 1419-1422, doi: 10.1111/jfb.12064.
³V. Sans-Coma et al. (2016). "Dicephalous vs. diprosopus sharks: record of a two-headed embryo of Galeus atlanticus and review of the literature". Journal of Fish Biology, doi:10.1111/jfb.13175.
Valentina Hevia-Hormazábal, Víctor Pastén-Marambio & Alonso Vega (2011). "Registro de un Monstruo Disótropo de Tiburón Azul (Prionace glauca) en Chile". International Journal of Morphology, nº 29(2): 509-513. http://dx.doi.org/10.4067/S0717-95022011000200034.
Olga Marcela Bejarano-Álvarez & Felipe Galván-Magaña (2013). "First report of an embryonic dusky shark (Carcharhinus obscurus) with cyclopia and other abnormalities". Marine Biodiversity Records, 6, doi: 10.1017/S1755267212001236.
Ramón S. Bonfil (1989). "An abnormal embryo of the reef shark, Carcharhinus perezi (Poey), from Yucatan, Mexico". Northeast Gulf Science, vol.10, nº 2, pp. 153-155.
D. C. Thorburn, D. L. Morgan, A. J. Rowland & H. S. Gill (2004). The northern river shark (Glyphis sp. C) in Western Australia (Report to the Natural Heritage Trust). Murdoch University Centre for Fish and Fisheries Research.
(Muchísimas gracias a Cesc Gallardo, buen amigo de este Blog y gran aficionado a los tiburones fluviales, por la información y el paper.)

A. B. M. Moore (2015). "Morphological abnormalities in elasmobranchs." Journal of Fish Biology, doi: 10.1111/jfb.12680.


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